Paradise City 0.3
WHERE THE GRASS IS GREEN AND THE GIRLS ARE PRETTY
Ago
06.
Comentarios desactivados en La Quinta del Melque: Las cenas de Doña Julia (Casa del Terror)
Categoría: ayuntamiento, Cementerio, recreativos

He tenido un finde diferente: Debido a la cercanía del Evento, y dado que me quedan pocas oportunidades para desconectar, aproveché una invitación que Ufo me realizó para pasar la noche del sábado en una casa del terror: La Quinta del Melque.

Los que ya llevan recorrido conmigo saben que no soy una de esas personas a las que les gusten el cine de terror, de sustos y de agobio. Soy lo que viene a denominarse un cagao: mi reacción en las situaciones tópicas que se pueden dar en estas ficciones sería correr. Cuanto más lejos y rápido, mejor. No me gusta pasar miedo ni estar en tensión.

¿Y si tan mal lo paso porqué fui? Porque de cuando en cuando hay que forzar los límites y descubrir hasta donde se puede llegar. Que si, que estoy hablando de una casa del terror y no de una experiencia cercana a la muerte: mi mantra a repetir durante todo el evento sería (y ha sido) que “es un espectaculo, es un espectaculo”.

Y si, joder. Es un espectáculo. Pero se pasa un mal rato de cuidado. Empieza MUY alto a nivel de tensión. Y después, como válvula de seguridad, los actores van liberando situaciones cómicas, con descargas muy medidas y estudiadas de risa (nerviosa según el caso), para, acto seguido, recuperar la tensión con otro golpe.

La premisa (y la ambientación) es que se recibe una invitación para pasar una velada en compañía de Doña Julia, una viuda que vive apartada de la civilización en una quinta en medio de la nada. Doña Julia y su servicio son bastante peculiares y todo queda patente desde el momento en el que llegas a la puerta de la hacienda.

Se cena, se duerme y se desayuna: no deja de ser un alojamiento. Pero el espectáculo es lo que marca la diferencia: velas, carreras en la penumbra y oscuridad, en interior y en exterior, gritos, historias de miedo contadas en corro, mucha mala leche a la hora de plantear las situaciones y unos recursos técnicos puntuales, pero de alto nivel, que generan una experiencia para no olvidar.

Pero quienes dan la medida de la experiencia son los compañeros de aventura: No estoy hablando de los actores, que son profesionales increíbles y que no dan un puto momento de tregua, tanto en las acciones de miedo como en las situaciones de liberar tensión, donde acabas carcajeandote a mandíbula batiente cuando hace menos de tres minutos querrías esconderte en un agujero para que todo pasase… Me refiero a los compañeros de cena, el resto de invitados, que a poco que sigan el juego y se metan en el desarrollo, proporcionan muchos momentos de intensidad y carcajadas. En el caso que me ocupa, siete chicas celebrando una despedida de soltera y otra pareja de chicos (que luego nos enteramos que esta era la sexta vez que acudían) dieron un juego increíble. Y eso se agradece.

Pero las cosas como son: Hay varios momentos en los que te arrepientes de haber ido. No es tanto pasar auténtico terror como la sensación de que no sabes que es lo que viene después. Es el caso de estar metidos en las habitaciones y no saber si intentar dormir o no. Yo, muerto de cansancio y de calor, opté por echarme en la cama y hasta conseguí dormir, pero no lo aproveche: no descansé y puede que lo pague a lo largo de esta semana.

En fin, que si queréis pasar un rato entretenido, preguntad por las Cenas de Doña Julia en Viajes con Imaginación


Ago
02.
Comentarios desactivados en Un Momento de Furia
Categoría: ayuntamiento

Alguna vez han salido por aqui algunos recuerdos de mi etapa educativa como fueron los orígenes de mi tirria a los garbanzos y las descripciones de un compañero pelota y de la profesora de música que tuve. Pero no he hablado de la única vez que tuve ganas de matar a alguien. Y si no lo conseguí, fue por centímetros.

Situación temporal: Octavo de EGB. Treinta preadolescentes de 14 años metidos ocho horas en un aula dan como resultado una especie de caldera de presión. Además, para alimentar el fuego, experimentamos la compañía, por primera vez, de esos seres mitológicos de los que se hablaba en susurros para no convocarlos y no provocarlos: los repetidores.

En ese curso concreto, nos cayeron tres en nuestra clase: R, T y A. R era la típica chica ya desarrollada rodeada de auténticos gañanes descerebrados. Mantenía un aura de desprecio total hacia nosotros, aunque pensando seriamente, esa actitud era la de una mujer hecha y derecha que debía compartir mucho tiempo con niños y la única manera de lidiar con nosotros era establecer un límite: mis contactos con ella fueron escasos, pero saqué en claro que era una chica simpática a pesar de su distanciamiento y que, simplemente, su mala leche era debida a que no quería confraternizar con gente de una “generación” anterior tan inmadura.

Todo lo contrario que T. Un tio grande, tanto física como socialmente. Sus aires de superioridad desaparecieron muy pronto y se integró enseguida en las dinámicas de grupo. Evidentemente, si estaba repitiendo era por algo, pero no por ello era mal tipo. Al igual que R. Simplemente, reaccionaron de forma diferente a la enorme putada de tener que repetir curso.

Pero el crack del pack era A. Gilipollas de libro. Pretendidamente graciosete, pero que a mi, al menos, no hacía ni puta gracia. Y estamos hablando de antes del incidente. Esa clase de personas que no te conocen de nada, pero que por hacer la gracieta, te da una colleja en medio de una fiesta para no disculparse después y encima, tener el santo cuajo de decirte que “es que no sabes aguantar una broma” Y la colleja te la has comido tú. Ahora que lo recuerdo con perspectiva, me recuerda a Kearney Zzyzwicz, uno de los matones del colegio de Springfield en los Simpsons.

Kearney Zzyzwicz

No sé si he establecido bien el marco. A lo que voy es que, mientras R y T mantuvieron el perfil bajo, a A se la pelaba todo. Y desde luego, el respeto de sus compañeros no estaba en las prioridades de su lista.

Ya he establecido los elementos externos de la ecuación, pero no sería justo no hablar de mi por aquella época: un chico tímido, retraído, con gafas, con un físico de niño que todavía no había pegado el estirón, que prefería no hacer/decir nada en vez de molestar y dar por culo: muy introvertido y, aunque sin problemas graves de integración, prefería estar solo que mal acompañado.

Al lío:

Sobre los tres cuartos de curso (marzo/abril), en uno de estos cambios de sitio a los que los profesores nos sometían sin consulta, mi pupitre se situó justo delante del de A. Y este, un día decidió probar una cosa: se inclinaba sobre mi y con los índices de ambas manos, apretaba mis costillas. La cosa es que, al pillarme sorprendido en una zona no acostumbrada a ninguna clase de contacto, mi reacción era pegar un bote. Instintivo.

Y esta reacción a A le hizo gracia. Tanto, que no supo cuando frenar. No recuerdo durante cuanto tiempo me estuvo torturando: no me gustaba el respingo por inesperado y le supliqué que dejase de hacerlo. Y se rió de mi en mi cara.

Hasta el día en el que soporté cuatro o cinco seguidas.

Sin inmutarme.

Hizo una más. Me giré y le dije, calmadamente, que por favor, no lo repitiese. Y me volví a poner en posición para seguir haciendo lo que estuviese haciendo. Probablemente, escribir alguna cosa.

Y lo volvió a hacer.

Me giré como una serpiente, en un movimiento repentino e inesperado, aprovechando el giro para extender el brazo izquierdo con el puño cerrado.

Totalmente caliente. Sin pensar. Reacción y reflejos puros. Furia. Ira. Y algo debió ver en mis ojos, porque el puñetazo falló por escasos centímetros, pero A tenía la expresión de la cara cambiada. No se lo esperaba y entendió al momento que, de tanto tensar, había roto la cuerda y que yo, en ese mismo y preciso momento, quería sangre.

Tanto, que tras ver como fallaba mi golpe, me desequilibré en la silla y ví que me caía. Pero estaba desconectado de la realidad. Así que, según me incorporé, aproveché para sujetarme a las patas delanteras de su mesa y la volqué hacia él, mientras aprovechaba para llamarle de todo. A él y a su madre.

Claro, todo esto en medio de una clase. Cuando, una vez tirado su pupitre, estaba a punto de saltar encima de A para acariciarle la cara, el berrido de la profesora y su “IGNACIO, VETE A LA CALLE!” me sorprendió. No tanto el berrido, sino como escuchar mi nombre. Eso fue lo que me detuvo: mi mente no podía procesar que fuese yo el castigado, cuando había sido sistemáticamente torturado. Miré a la profe y solo pude articular: “Pero si me estaba chinchando!

La cara de la profesora era un poema: “QUE SALGAS!“.

Segundo calentón. Mi cerebro no podía entenderlo. Además, en los cinco segundos de mi conversación con la profesora, A recuperó la compostura y viendo que iba a quedar impune, se permitió incluso sonreírme, burlón.

Viendo cómo iba a acabar la cosa, respiré y valoré mis opciones. La calma aconsejaba salir. Pero la mirada de cachondeo de A me ponía de peor humor. No quería ponerme a discutir. Con toda mi dignidad intacta, en seis o siete zancadas me planté en la puerta del aula, la abrí, pasé y pegué tal portazo que temblaron los cimientos de la creación. Ya sé que no es elegante, pero fue la única manera que encontré de expresar mi descontento.

No tengo recuerdo de consecuencias concretas, más allá de que debieron llamar al orden a A, porque no volvió a pincharme. Creo recordar que nos movieron a extremos separados del aula y nunca más he vuelto a saber nada de él. Y ni ganas. Todavía tengo contacto con quien yo quiero, y esta anécdota me ha surgido de repente, únicamente para recordar mi momento de furia más extremo.


Jul
30.
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Categoría: ayuntamiento

El 28 de julio es una fecha que llevo cicatrizada en el corazón. Pero hay que reconocer que con el paso del tiempo, esas heridas ya se han convertido en experiencia. Experiencia que he intentado redirigir en mis acciones en el resto de mi vida.

Y aquí estoy: no hace demasiado tiempo, en un intercambio de pareceres con vino y cerveza de por medio, uno de mis amigos me decía que somos el producto de nuestras decisiones y yo le rebatía con que somos más el resultado de nuestros errores: cuando aciertas y no eres consciente de haberlo hecho, no aprendes nada para el futuro: cuando te equivocas, siempre hay algún motivo o causa que, en un momento posterior, aprenderás a reconocer y evitarás.

No me he visto en una similar, también lo digo. Pero tanto tiempo después, los sentimientos negativos han dado paso a una sensación agridulce: ese placer culpable similar a cuando te presionas un moratón para saber si duele. En eso ando yo. Evidentemente, por circunstancias de la vida, tiempo y espacio, es imposible ponerme en la misma tesitura. Además, no soy tan memo como para volver a meterme en esos fregaos.

Pero siempre queda el ¿Y si las cosas hubiesen funcionado de otra manera?

En fin, nunca lo sabremos. Pero apretar el moratón es algo que necesito hacer de cuando en cuando. De recuerdo, el temazo con el que he vivido todos estos años y que, cada vez que escucho, vuelve a ponerme en pie. Excepto si voy conduciendo, que entonces la berreo como si no hubiese mañana.


Jul
23.
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Categoría: ayuntamiento, tecno

Vale, por listo.

El martes por la tarde toqué una cosa relacionada con las DNS de un dominio en un proveedor de hosting. Tenía permiso y acceso a la cuenta. El caso es que lo que toqué no era lo que yo deseaba y en un momento dado, creí encontrar la luz al encontrar un acceso marcado como “Restablecer Configuración”.
Configuración DNS
Y allí que pulsé. Con todo mi cuajo.

Con la seguridad de la inconsciencia.

Al recargar la pantalla vi el error: TODA la configuración DNS se descarajó. Bueno, descarajarse no. Simplemente retornó a su estado inicial: todos los registros volvieron a su valor por defecto y todos los subdominios añadidos, simplemente, desaparecieron.

Pánico. Agobio. Ansiedad. Ese fue el escenario vivido por mí durante toda la jornada del miércoles y parte de la del jueves: La propagación de los DNS erróneos fue nefasta y provocó que el dominio principal de mi cliente no funcionase: correo y web muertas durante 24 horas. Una jornada de trabajo de 10 personas o más a la basura por mi culpa.

Afortunadamente, pude contactar con la persona que montó el sistema y mientras él se ocupaba de recuperar la configuración DNS tal cual, yo me ocupé de un problema adicional que surgió con el proveedor acerca de un contacto de dominio. De tal manera que el miercoles por la tarde todo el chiringo estaba de vuelta y solo habría que esperar a la propagación. Cosa que ocurrió en la madrugada del miercoles al jueves y, a primera hora laboral del jueves, todo estaba solucionado.

Todo excepto mi estado de ánimo: mi confianza ha sufrido un revés de cuidado: Vale, se cometen errores a diario y creo que mi actitud fue lo que el cliente valoró en ese caos: En ningún momento me escondí. Dí la cara desde el momento en el que pulsé lo que no debía. Reconocí mi error y desde esa premisa, nadie me dijo nada. Bastante tenía yo con lo mío: un sentimiento de culpa y un agobio que solo se ha ido tras un finde donde, basicamente, he dormido como un lirón y lo más complicado intelectualmente que he hecho ha sido montar una cómoda de Ikea para la habitación de Lagartijo.

Los técnicos somos muy sobrados: lo admito. Tenemos poca paciencia y valoramos escasamente el trabajo ajeno cuando no nos afecta: Esto es así. Yo nunca he sido un echado para adelante. Y cosas como estas bajan del pedestal a cualquiera. Asi que hoy, al volver a ponerme manos al teclado, añado una muesca más al revólver. Y a partir de ahora, no toco nada que no haya montado yo. Y si lo toco, me aseguro de tener alguna manera de recuperar el estado anterior.

Llamadme precavido.


Jul
12.
Comentarios desactivados en Estancias Laborales
Categoría: alcantarillado

Siempre he escuchado atentamente las conversaciones acerca de los diferentes chiringuitos (físicos) laborales donde amigos, conocidos y antiguos compañeros de trabajo producen en el momento de escucharles. Hay una tendencia clara: Espacios abiertos, diafanos y muy claros, con detalles en colores estridentes, pero que no desentonan al ser eso, pequeños detalles.

Vinilo motivacional

Pongamos que nunca he sido demasiado afortunado con mis lugares de trabajo: el segundo y tercero, con mudanza de por medio entre ellos (realizada con mi ayuda gratuita, por supuesto, y con el peaje de ser la novatada de la primera vez), fueron dos zulos oscuros e infectos donde la limpieza y el archivado digital eran conceptos a descubrir. Lo cierto es que más el segundo que el tercero. Del primero también tengo mal recuerdo, pero por ser un anexo a un edificio histórico construido a base de acero y cemento. Temperaturas extremas en los meses de frío o calor.

A lo que voy es que esos primeros garitos eran lo que eran: oficinas pequeñas sin pretensiones: mesa y ordenador. No estaba el horno para bollos. Ni para gastos relacionados con la comodidad. Apurando, diría que casi los justos dedicados a los empleados.

El caso es que en un momento dado di un salto a la consultoría: Dos plantas en un edificio de oficinas. De lo comentado más arriba, únicamente existían los grandes espacios. Un recinto amplio, pero impersonal: seis o siete mesas para los curritos, con dos-tres puestos por mesa y dos despachos, uno para los gestores y otro para reuniones y conferencias. Nada destacable.

Y por último, ellos: Pasando de un despacho retirado en un edificio perteneciente a una gran empresa para siete personas, a un pequeño apartamento de 50m2 donde todos estabamos apiñados y la privacidad era nula, para acabar en una planta entera de un edificio de oficinas. Por decirlo finamente, y como encargado de la parte técnica, un espacio aprovechado de la peor manera posible en lo referente a organización, con mesas corridas donde, en un momento dado pudimos estar cerca de 70 personas. Con cerca de diez o doce equipos conectados a las mismas tomas de red y de electricidad. Pero me desvio:

Todo ello decorado espartanamente en un principio hasta que a alguien se le ocurrió colocar vinilos decorativos corporativos y paredes magnéticas para poner en funcionamiento esas técnicas visualmente tan atractivas de etiquetado de tareas. Vamos, un descojono de posits tirados por el suelo que nadie podía recoger ni tirar sin el consentimiento expreso de la cadena jerárquica, que igual abarcaba cinco personas, empezando por el técnico y ascendiendo desde el gestor hasta el CEO. Como suena. Visualmente, tenía un pase. Funcionalmente, un cero pelotero.

Ahora que empiezo a buscarme las castañas por mi cuenta con ánimo de crecer en algún momento dado, no me planteo una oficina chupimolongui, las cosas como son. En un primer momento, no, desde luego. Hay gente que me describe oficinas con figuritas frikis, consolas, billares, futbolines, cocina, comedor… Entiendo que una oficina no debe de ser un lugar hostil: la gente se va a pasar un tercio o más de su jornada diaria y el sitio debe cumplir unos mínimos de limpieza y organización. También deben ofrecerse una serie de servicios: No estoy hablando de un catering completo con un chef francés cocinando a todas horas, pero qué menos que agua, café y no sé, algo de comida sana.

Vinilos freaks sobre espacios diáfanos de cristal, con mobiliario moderno, con frases supuestamente motivadoras a lo largo y ancho de las paredes o billares y futbolines son cosas pretenciosas, un intento de emular a cierta empresa con un producto estrella denominado buscador. Lo que no se suele publicitar de esa empresa es que hay unas cuotas de producción bestiales, y que el uso de esos servicios accesorios para que la mente se evada por un rato es casi testimonial. Evidentemente, es una necesidad, pero con un sofá y una tele de uso de libre disposición creo que sería suficiente.

Quiero retomar lo de las frases motivadoras en las paredes: No es que me parezca una tontería. Solo que en ocasiones no son adecuadas. Pienso en un ejemplo extremo, pero lo voy a reducir a una circunstancia vital como puede ser un desengaño amoroso: Que te ocurra y al día siguiente, llegar a la oficina y leer la maravillosa frase de Paulo Coelho que dice que “Cuando deseas alcanzar u obtener algo en la vida, el universo conspira para que lo logres.” Personalmente, tengo un día malo y alguien me dice esa frase o me la encuentro por delante a tamaño de letra tipo folio y aplico la misma solución: gasolina y fuego.



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