Paradise City 0.3
WHERE THE GRASS IS GREEN AND THE GIRLS ARE PRETTY

Últimamente, dejando a un lado mis queridos temas freaks/ciencia ficción, le estoy dando con saña y gusto a dos series: Arma Letal y Billions. La primera no tiene más allá que la recuperación del formato de las “buddy-movies” en la que todo vuela por los aires. Pero qué queréis que le haga si uno es así de simplón.

Billions es bastante más que eso. Cuando empecé con la primera temporada, te deslumbra por la facilidad que el dinero se utiliza. Y temporada y media después, comprendes que el dinero no es más que una herramienta y que la serie pivota unicamente sobre el poder. Que proporciona dinero para conseguir poder sobre otras personas.

No es una historia moral. Cuando los egos del fiscal del distrito sur de Nueva York (es decir, Wall Street y la zona donde es más posible que ocurra un delito económico) y del presidente y fundador de una compañía especulativa de inversión de capitales chocan, las vidas de esas dos personas y de quienes les rodean se ven afectadas por las decisiones que ambos dos toman con el fin de putearse mutuamente. Más cuando la esposa del susodicho fiscal trabaja como psicóloga de plantilla para la empresa del millonario.

No hay personaje “bueno”. No bueno en la diferencia moral de, por ejemplo, Luke y Darth Vader. Chuck Rhodes y Bobby “Axe” Axelrod son autenticos bastardos hijos de puta cada uno en su campo. Uno, bailando en el delicado equilibrio del sistema legal norteamericano y el otro, en la jungla bursátil. El otro, haciendo malabares entre hacer lo que le da la puta y real gana bordeando la línea del delito y el uno, conseguir que la impunidad de Axe (y demás gente similar a él) sea castigada, no ya como trabajo, sino en el punto de la obsesividad y persecución personal.

Y esta es la presentación de la serie. Cada episodio se convierte en un desfile de triquiñuelas y artimañas de las que, por lo general, uno de los dos protagonistas sale vencedor sobre el otro. Perdiendo algo por el camino. Principalmente alguna relación personal que más adelante se convertirá en algo sobre lo que el contricante basará su estrategia ganadora en un futuro episodio.

Ya digo que nadie espere ver comportamientos ejemplarizantes. Personalmente, he simpatizado más con Chuck durante la primera temporada, pero el comportamiento de este para con su equipo en lo que llevo de segunda me ha hecho ponerlo a la misma altura moral que Axe. Y mi expresión favorita cada vez que veo un episodio es “Qué hijo de puta“. Para cualquiera de los dos. Quizás, en cierto modo, el personaje más decente (y está por ver el momento en el que cambie, porque no puede ser que siempre sea el saco de los golpes el mismo) es el de Wendy Rhodes, mujer del fiscal, siempre en medio de las jugarretas entre su marido y la persona que paga su nómina en base a su profesión.

Lo mejor de la serie son las actuaciones. Damian Lewis (Homeland, Band of Brothers) presta su inescrutable expresividad al retorcido Axe, un millonario a base de comprar acciones baratas y venderlas caras, sin importar qué, cómo o a quien se lleva por delante. Teniendo información privilegiada, a poder ser. Paul Giamatti (San Andreas, El Ilusionista) es el sibilino Rhodes, el fiscal que desea convertir su persecución personal de Axe en el ejemplo de lo que ocurrirá a todos aquellos que posean ventaja ilegal en el mercado bursátil, hasta tal punto que no le importará poner en riesgo la lealtad de su equipo o, incluso, su matrimonio. Maggie Sif (Sons of Anarchy) es Wendy Rhodes, la psicóloga de Axe Capital y esposa de la persona que está rastreando los trapos sucios de esa empresa, siempre entre la espada y la pared de la fidelidad a su marido y el secreto profesional (junto a la lealtad hacia quien le paga). Y más en segundo plano, Malin Akerman (Espectro de Seda en Watchmen) como Lara Axelrod, mujer de Axe, haciendo de choni macarra venida a más, ya que contrajo matrimonio antes de que llegase la riqueza y que cada vez que demuestra que a su familia no se le mangonea, alguien acaba muy jodido.

Temporada y media de serie (bendito Fusión) y como digo, de lo mejorcito actualmente en parrillas. La pregunta que me hago, como en todos estas situaciones, es si tendrá un final a la altura o la estirarán como un chicle. Ahora mismo, está en el mejor momento. Egos hinchados difuminados entre lo personal y lo profesional. Y sé que hay una tercera temporada en camino. Pero prefiero un final digno a una trama enrevesada, sosa y sin sentido.


Feb
17.
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Categoría: jolibú, tv

He acabado de ver la segunda temporada de Rick y Morty. Vale, reconozco que ha bajado un punto lo que viene a ser el “WTF” continuo que las aventuras de Rick y Morty en la primera temporada. Pero el conjunto en general y ese “mosquis, qué finalazo” de la segunda temporada molan. Molan. Y molan mucho.

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Estas son la narración de las correrías de Rick Sánchez, un megacientífico excéntrico buscado por la justicia en miles de universos y de su acompañante habitual, su no tan brillante e infinitamente más empático nieto Morty. Por comparar y buscar una reducción al absurdo, Rick y Morty es a Futurama lo que South Park a los Simpsons: Divertida, pero cruzando varias veces por episodio esa línea que a veces no se debe cruzar.

La clonación, el racismo, los viajes multidimensionales, la absurda y gratuita violencia, el valor de la existencia de cada individuo, pueblo, planeta e incluso de cada universo son los temas profundos que se pueden tocar en cada episodio. Pero contado de tal manera que el mensaje se altera por las carcajadas que produce cada burrada que se produce.

Antes de lanzaros sobre ella, un par de avisos: Es muy rara. Incluso para quienes ya la hemos visto, cada toma de contacto con Rick es un nuevo descenso a los infiernos de la condición humana: Rick no es un ejemplo. De nada. Bebe. Fuma. Eructa en cada frase dos o tres veces. No tiene reparos en disparar primero y preguntar después. O no preguntar. Sus actos solo persiguen la supervivencia propia. Incluso el inútil de Morty es dejado atrás varias veces, bien como cebo, bien como rehén, bien como olvido. Y muchas de las veces, olvido no casual.

Pero es que Morty tampoco es un personaje con el que te identificas: es demasiado dependiente, rastrero, emocional y empático. Rick sobrevive por medios propios; Morty simplemente es el patito de feria al que se ignora. Hasta que se le dispara. En un primer momento se puede caer en la comparación simple de que el dúo protagonista son una especie de equipo tipo Doc Brown – Marty McFly de Regreso al Futuro. Y ojito, porque ni uno es tan inteligente como para darse cuenta de que no lo es, ni Doc es tan asocial como poner su vida por delante de la de su compinche. Y Rick, el nexo de unión entre la pléyade de universos-dimensiones-realidades y el resto de la familia, es un tipo abyecto que desprecia a su yerno, ignora a su hija y utiliza a sus nietos para encargos que él no puede/quiere hacer. Vale que la familia tampoco es muy “disculpable”, porque como en todas estas producciones, la disfuncionalidad es la seña característica de esta unidad familiar: Abuelo supervillano, madre veterinaria sin vida personal, padre parado, hija en plena edad del pavo e hijo pajillero.

Con estos antecedentes, es fácil suponer que Rick, además de adicto a varias sustancias estupefacientes de este universo y de otros muchos, sea una especie de psicopata con nulo respeto por la ley. En concreto, con los sistemas legales de muchas y variadas realidades. Todo parte del hecho de que su invento favorito sea una pistola de portales capaz de trasladarle en un santiamén de un universo a otro. De actividad alegal en actividad alegal, de fuga en fuga.

Y el caso es que los acontecidos son de lo más variopinto y extraño. Muchas veces no por culpa de Rick, pero en realidad, este personaje es el único que es capaz de dar sentido a lo que sea que esté pasando. Las más de las veces, por algún hecho anterior que provocó que Rick adquiriese el conocimiento. El resto, porque da la sensación de que ni siquiera el guionista sabe que está pasando. Pero al final, lo que sea que ocurre, acaba bien. De una manera explosiva, con fluidos salpicando y tú mirando la pantalla con una expresión de “¿PERO QUÉ *burp*COJONES*burp* ES ESTO?

Avisados estamos. No es la típica serie de dibujos. No se la pongas a tus sobrinines de 10 años. Tampoco a tu tía. Hay que verla con mente abierta. Es rara. Se pasa tres pueblos y el humor es, cuanto menos, discutible.

Pero si Futurama y South Park te gustaron por separado y te planteaste una duda razonable de qué pasaría si se juntasen, dale una oportunidad.


Este finde he terminado de ver la segunda temporada de Homeland. Me ha pasado algo curioso, y es que hacía tiempo que no tenía enganchada a ninguna serie. Y esta la he disfrutado tranquilamente, sin presión, dos o tres episodios cada vez.

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No es una serie al uso. Lenta. Exasperadamente lenta en la primera temporada, la segunda le cuesta arrancar. Eso si, cuando lo hace, es una espiral de dudas, traiciones, puñaladas, giros de guión y sorpresas que desembocan en un final de temporada en el que solo quieres y pides más. Y pasa algo curioso con este final. Si en la primera temporada tus sentimientos hacia Brody son de “grandísimo hijo de maldita la hiena”, la evolución de su personaje tras todas las putadas que le ocurren hace que hasta empatices y te caiga bien. Hasta tal punto que una duda razonable aparece en tu mente.

La otra pata de la serie, Carrie, es una especie de “espectador en la serie”. Casi siempre a remolque de la acción, sus descubrimientos son los mismos que va realizando el espectador y pese a tener un problemón muy serio (concretamente “estar como una puta cabra”), consigue  tambien hacerse un hueco en el corazoncito y sientes que las cosas que le ocurren te ocurren tambien a ti. Un guión muy puñetero, que juega con ambigüedades y con la constante duda de saber si Brody es quien dice ser.

Buenos actores. El duo protagonista, Damian Lewis (“Hermanos de Sangre”, “Life” y Claire Danes (“Romeo y Julieta”) viene acompañado de unos secundarios de lujo como Mandy Patinkin (“Hola, soy Iñigo Montoya, tu mataste a mi padre, preparate a morir”) y Morena Baccarim (“Firefly”, “Stargate”). Todo ello hace que una serie sobre un tema muy espinoso sea una de las últimas joyitas que no hay que perderse. De lo mejorcito que he podido ver fuera del género de ciencia-ficción.


Firefly

Mi referente de ciencia ficción siempre ha sido StarWars. Últimamente, debido a los abundantes tiempos muertos que dispongo mientras viajo a L, debo rellenarlos con algo. Sons of Anarchy murió para mí al acabar la tercera temporada ya que ese final era MUY dificil de superar. Ando algo mareadillo con Big Bang Theory entre los que llevo visto y los que echan en Neox, tengo que ponerme al día de nuevo. Total… entre pitos y flautas, no encontraba algo con lo que pasar el rato. Y entonces, con toda la movida de Los Vengadores y Josh Whedon, quise ponerme con uno de los pocos castañazos que ha tenido el hombre en su carrera.

Firefly se consideró un fracaso. Una serie de ciencia ficción con una ambientación muy western aclamada por público y crítica…. pero no especialmente apreciada por la Fox, que la canceló tras emitir unicamente su primera temporada. Las posteriores críticas y buenas ventas de los DVDs hicieron que Universal Pictures produjera una película donde cerrar la historia del transporte Serenity, de la clase Firefly, chatarra espacial que necesitan constantemente mecánicos a bordo dedicados en cuerpo y alma a su nave. Y de sus personajes.

Y hay que decir muchas cosas acerca de sus protagonistas corales: me he enamorado locamente de la candidez de Kaylee. Seguiría a Mal hasta los confines de la zona reaver. Envidio el amor entre el matrimonio Wash y Zoe. Envidio la relación de los hermanos Tam. Quisiera pasat una noche en el transbordador con Inara. Quisiera conocer la vida pasada del pastor Brook. Y Jayne… bueno. Qué le vamos a hacer. Es Jayne.

14 episodios. Una película. Siempre se descubre algo relativo al pasado de los tripulantes de la Serenity. Originariamente, nave de contrabando en la que el capitán Malcom Reynolds pretende estar al margen de la Alianza, bando ganador de una guerra civil interplanetaria, en la que Mal y Zoe, su segunda de a bordo, escogieron el bando perdedor. El resto de la tripulación lo componen Wash, un piloto algo excentrico, marido de Zoe, la inocente mecánico de la nave Kaylee y el materialista, pragmático, traicionero y egoísta mercenario Jayne. No como parte de la tripulación, si no en un transbordador auxiliar alquilado a Mal, se encuentra la “acompañante” Inara. Y en el primer episodio se presenta a una serie de pasajeros cuyas historias se entrelazaran con las de la tripulación de la Serenity y, en última instancia, con las de todo el universo: El pastor Brook y los hermanos Tam: el doctor Simon y la joven River.

Y todo ello dentro de un ambiente western. Así como Star Wars (la trilogía original) tenía un puntito de medieval (lo cual es curioso, porque Star Wars no deja de ser  una revisión del mito de Arturo: El joven, la espada, el mago, Lancelot, la princesa-reina….) Firefly tiene un trasfondo de western: las armas, los trajes… a pesar de que las tramas se acercan más a Alien que a “La muerte tenía un precio”.

Vamos, que altamente recomendable y disfrutable.. La pena, que no es más extensa. Y que la peli se hizo para dar carpetazo a casi todas las interrogantes que dejo abiertas el abrupto final de la serie. pero

P.D.: Los “abrigos marrones” era el uniforme del bando perdedor al que Mal y Zoe pertenecieron en la guerra intergalactica antes mencionada. Tras la cancelación de la serie, fue el calificativo que adoptaron todos aquellos seguidores no conformes con la decisión de la Fox. Y desde este fin de semana,, que he terminado de ver la serie + la película, cuentan con un miembro más. Ilustres abrigos marrones: Sheldon Cooper (8P), Orson  S. Card (Escritor de El Juego de Ender) o Tracy Hickman (escritor de la serie de libros de la Dragonlance)


En 2009, a algún iluminado de ese canal de música “que emite de todo menos música” se le ocurrió dar luz verde a un proyecto que consistía, basicamente coger un contenedor de esos que se denominan “docurrealidad” y meterlo en un entorno, cuanto menos, curioso. Juntar a 8 adolescentes hiperhormonados (en todos los sentidos) en una casa de la costa de Jersey durante un mes. Y seguirles. En su convivencia, en sus fiestas, en sus relaciones sexuales,…. Un Gran Hermano, pero con los habitantes de la casa siendo conscientes de las cámaras y, muchas veces, aprovechandose de ellas.

El elemento aglutinador, por lo visto, es que los veinteañeros descendientes de italoamericanos de la zona comparten una serie de rasgos comunes. Si, generalizar es malo, injusto y probablemente, totalmente alejado de la realidad. Pero los chicos comparten una serie de rasgos comunes: morenos de rayos UVA, gusto infame por los tatuajes y por el oro (y cosas brillantes) en cualquier formato decorativo, cuerpos esculpidos en gimnasio, bocazas de libro, pelo esculpido a base de gomina y, en las inmortales palabras de Jake, más tontos que un pedo. Resumiendo

Claro que si lo de los muchachos da que pensar, lo de las féminas es para asustarse: mismo tono de piel causado por rayos, pechos operados a nivel “Hoy, en Megaconstrucciones“, demasiada facilidad para buscar compañero de actividades sexuales, mayor facilidad aún para agarrarse borracheras descomunales, dudoso gusto para escoger vestuario, enorme querencia por levantar el tono de voz por cualquier motivo (razonable o no) y más tontas que un pedo.

Los elemento que juntan todas estas características enunciadas  son conocidos en USA como “guidos” y “guidettes“, termino despectivo para denominar a los descendientes de emigrantes italianos. En el caso que me ocupa, se metieron en un apartamento de una zona playera del estado de Nueva Jersey a 4 caballeretes y a 4 señoritas con las características arriba descritas durante un mes de agosto. Con una cámara a cuestas constantemente. Y a ver que pasa.

Y lo que pasó es que estos mastuerzos triunfaron. Lo petaron. Tanto, que renovaron el programa tres temporadas más, viajaron a Miami, a Florencia, hay un spin-off con más o menos lo mismo, pero basado en uno de los miembros originales del proyecto, … tres temporadas de la versión británica (Geordie Shore) y, agarrense los machos, con versión patria con base en Gandía.

Vaya por delante que me gusta. Pero no por los motivos que han enganchado a tanta gente. Me atrae el hecho de ver las relaciones entre gente tan tonta. Tan primaria. Sin objetivos largo plazo. Sin objetivos a medio plazo. Con los objetivos a corto plazo de agarrarse un cepo escandaloso y cepillarse a cuantos más miembros del sexo contrario, mejor. Contemplo hipnotizado como pretenden justificar sus actos poniendose profundos, metafísicos, casi etéreos. Y como no lo consiguen. Me encantan las broncas que se montan. Me parecen geniales los pollos que se montan por cosas chorras. O no tan chorras. El caso -y lo importante- es que son más tontos que un pedo. Y cada vez que acaba un episodio, mi cerebro reacciona siempre de la misma manera: “Esta es la juventud prototípicamente americana. Que no nos pase nada cuando esta generación llegue al poder“.

Porque lo que se ve en este programa es gente joven, de alto nivel adquisitivo, hij@s de papa a los que solo les preocupa la ropa que llevan, sus joyas o lo mucho que ligan (eufemismo de acto sexual). Me parece triste que, cuando deben cumplir una de las condiciones del programa, que es trabajar vendiendo camisetas en una tienda, busquen mil y una maneras de escaquearse. Me parece enfermo que ese sea el ejemplo que se pretenda dar a una sociedad, que ahora mismo no está para reír las gracias a un conjunto de niñatos que han tenido la suerte de encontrar este programa en su camino. Pero claro, es que la vida real no vende. Que alguien se levante a las siete para trabajar, pare para comer, siga trabajando y llegue a su casa molido y con ganas de meterse a la cama no es tan atrayente como la panda de borrachos que, ahora mismo, sirve de ejemplo a millones de jóvenes en el mundo. Que $deity nos coja confesados.

Eso si. Un mérito les voy a dar. Quiero pensar que en la primera temporada las situaciones y las reacciones son inocentes, es decir, actuan tal y como son. Cosa que en temporadas posteriores y en los sucesivos spin-offs no se ha dado ni de coña. Y si en nuestro Gran Hermano patrio hemos tenido gente que solo ha ido por la pasta y la fama fácil, que no nos pase nada con el reparto escogido para Gandía Shore. Canis y Jennis berreando a grito pelado por ser el más cabrón y la más zorra, con todos los cubatas pagados en la zona de marcha de Levante. De momento, ya tenemos una denuncia por una pelea en un bar.

Así nos va. Así nos va a ir. País.



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