Paradise City 0.3
WHERE THE GRASS IS GREEN AND THE GIRLS ARE PRETTY

Viajar

Este mes de mayo no voy a parar. En menos de tres horas salgo para Liverpool. Por conocer algo más de mundo. Por menear el esqueleto y desempolvar el pasaporte. Porque tengo algo de dinero y desde mi famoso viaje a NYC no he tenido ni la oportunidad ni las ganas (ni el dinero) de darme el caprichazo de conocer otras culturas, lenguas, ciudades y paisajes.

Liverpool este finde. A-TOMAR-POR-CULOSACO en tres semanas. Bodorrio por todo lo alto a finales de mes en Burgos. Vamos, que se me van a quitar las ganas y el mono de viajecitos una temporada bastante larga.

See ya on monday!


Sep
02.
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Categoría: ayuntamiento, spa

En la Tasca

El Hombre se plantó en la puerta del establecimiento. Esencialmente no sería muy diferente a cualquier restaurante donde hubiese comido antes. Y el término restaurante para el Hombre abarca toda la escala económica de lugar donde te sirven comida a cambio de una mayor o menor cantidad de dinero: Un tenderete con cuatro lonas en el desierto, cierta cadena de comida rápida (y mala), puestos de perritos callejeros o el más fino -y caro- de todos los restaurantes de San Sebastian.

Mientras entraba, el Hombre observó las paredes del local. No era el sitio más sucio donde había estado. Recordar aquel local kebab regentado por emigrantes pakistaníes de primera generación donde se priorizaba la alimentación sobre la higiene siempre le provocaba un ligero malestar a la altura del diafragma. El que las mesas estuviesen brillantes (y pegajosas) de la grasa que rezumaba todo el recinto o que las cucarachas tuviesen prioridad en todos los cruces con el resto de seres vivos dejó una imagen imborrable en su memoria. Tanto, que de en ese momento en adelante, ese recuerdo marca el límite inferior en lo relativo a condiciones sanitarias en lugares donde alimentarse.

Pero hoy el Hombre ha tenido la suerte de entrar a un sitio donde, excepto las paredes marcadas por el humo del omnipresente y obligatorio purito matador que todos los parroquianos poseen, la higiene ocupa un lugar bastante alto en la lista de prioridades de los propietarios. Quizás sea la hora, pero más allá de las servilletas, palillos y colillas del tabaco que siembran el suelo (aumentando en densidad a medida que te acercas a la barra), el sitio parece razonablemente limpio.

El Hombre no desea dejarse la herencia en la comida. Hoy toca buscar el equilibrio entre los tres factores que busca cada vez que come fuera: Dinero, Calidad y Satisfacción. Y por eso se ha metido en el primer garito genérico que ofrece comida a un precio medianamente razonable. Porque una vez dentro, el Hombre observa la tabla de raciones y, desolado, comprueba que no hay menú del día. Tendrá que comer cazuelitas. Y no son precisamente baratas. Por el precio de una, puede comer un menú del día medianamente decente en cualquier otro sitio. Pero el Hombre es consecuente. Ha entrado a comer allí y no va a salir sin comer.

El Hombre se sienta en la barra y solicita al camarero, que parece que lleva allí desde antes de que se construyera el edificio, una mesa para comer y una cerveza. El señor, mientras sirve dos vinos, cuatro cañas (la del Hombre también) y un martini para el público de la barra, le indica con un gesto vago de la cabeza la zona del comedor. El Hombre, veterano en mil batallas y restaurantes, entiende la mueca como el indicador universal de que se siente en cualquier mesa y espere a ser atendido. No esperaba maitre, guía hasta la mesa, sumiller, camareros y visita del cocinero al acabar la consumición. El Hombre ha estado pocas veces en sitios con distinción, pero empieza a comprender que en los restaurantes caros no pagas la comida, sino las mil y una chuminadas que te cuelan como servicio a 50/60 euros el plato. Y entiende que son cosas que puedes permitirte muy de cuando en cuando para, o bien quedar con el ego satisfecho frente a personas del otro sexo al pagar semejante pastizal, o bien porque te apetece pegarte el capricho de tener a cinco personas pendientes de tus más mínimos deseos.

El Hombre se mueve de la barra a una mesa después de haber pegado un tiento al vaso de cerveza que ahora le acompaña en el trayecto. Elegir mesa también tiene su arte: Nunca demasiado cerca del baño (cuestión de olores), de la cocina (misma razón), de la barra (tráfico de personas que no van a comer) o de la puerta (misma razón). Mientras se sienta, repasa la lista de cazuelitas y decide. Mientras espera que le tomen nota, su mente vuelve a darle vueltas a los diferentes sitios donde ha comido bien o muy bien a un precio razonable. Elige aquel restaurante perdido en aquel pueblito dejado de la mano de Dios cuya carta no era gran cosa, pero la comida era excelente, el camarero muy atento (para un comedor de 10 mesas lleno a rebosar), la decoración muy elegante (pelín recargada, pero nada extremo) y la relación calidad/precio no estuvo para nada desequilibrada.

Entra en escena la camarera. Si el señor de la barra ya estaba allí antes de que levantasen el lugar, el local fue construido alrededor de la señora. El Hombre no puede dejar de preguntarse si tuvieron que apuntalar los cimientos del resto de edificios que conforman el barrio. El Hombre juraría que esta señora tiene su propio centro gravitatorio y, que si no puede ver los satélites, es porque se deben encontrar ocultos al otro lado del enorme corpachón que gasta la señora. El Hombre pide, y una vez la señora gira sobre sus talones, maniobra que, dicho sea de paso, ejecuta con la precisión y elegancia de una bailarina del Bolshoi, espera que no tarde mucho con su comanda.

(…)

El Hombre sale del restaurante. Ha pagado -BIEN pagado- la comida y sale con la sensación de haber comido platos caseros como cuando tiene la enorme suerte de comer en familia. Y es por eso que no le ha dolido ver la partitura y soltar, incluso, una propina. Y cada vez se convence más de que, para el simple acto de comer, la gente se complica mucho. Tanto los sibaritas cocineros como los clientes que creen que haber pagado 600 euros por una comida garantiza el haber comido satisfactoriamente. La culpa no es de los cocineros/restauradores, que son muy libres de poner el precio que les de la gana. La culpa es de la gente que va allí, se zampa cinco platos de menú degustación con raciones mínimas, y todavía tienen la valentía de aplaudir cuando el cocinero sale de su bruñida y plateada guarida para recibir el reconocimiento para su ego. El reconocimiento económico va despues. Y no es el cocinero quien te trae la factura.

El Hombre ha comido suficiente comida fuera de casa como para disfrutar de una comida casera en toda su extensión. Y saberlo. Los menús del día, los döner, perritos, hamburguesas, caterings, bocadillos, buffets libres, etc.. solo consiguen satisfacer la necesidad de alimentarse. Pero el Hombre ha decidido que, si además de cumplir con esa necesidad, se puede disfrutar (a) de buena cocina y (b) de buena compañía, el precio pasa a ser algo secundario. Y más, si se cumplen las dos condiciones antes mencionadas.


He jugado a todos. Desde el primero, con su vista cenital y dificultad máxima al no poder salvar hasta que tuvieses 50.000 cachirulos. El segundo, muchísimo más sencillo e impactante visualmente que su antecesor. El tercero me enganchó porque por fin tuve la sensación de libertad que prometía el concepto de sandbox en 3D. Vice City me devolvió los ochenta con su estética «Corrupción en Miami» y en San Andreas recuperé sensaciones del primer juego, además de sentirme totalmente enganchado por su historia principal, de donde podrían aprender muchos guionistas de cine.

Y el otro día me regalaron el GTA IV para PS3. Si, me he comprado una PS3, qué pasa… Y cuando dí los primeros pasos en la revisión de Liberty City (la ciudad-marco de referencia del GTA III) dejé a un lado el mando y me arrodillé dando gracias a Rockstar por trasladar la estética de Nueva York a Liberty City. Ojo, la ciudad es la misma que en el GTA III, pero la recreación es muchísimo más detallada, real y creíble. Además. no hay referencias a los juegos anteriores y casi se agradece porque puedes disfrutar de la historia sin tener que estar atento a ver quien y donde salía el personaje que te habla. Por no hablar de los sitios emblemáticos de la ciudad, que son muy muy muy parecidos a la realidad. El caso es que ayer, entre crimen y crimen, descubrí la vista desde el puente de Booker y esto es lo que obtuve:

Dusk at Brooklyn

Asi que si has visitado NYC como turista, tienes que hacer la prueba de visitar Liberty City como Niko Bellic. Harás todo aquello divertido que no pudiste hacer en tu visita real. Y no te aburrirás. Palabra.


A-Team Movie Poster

Cuando se hace un remake de una serie que ha marcado la infancia de tanta gente hay que tener en cuenta que el público espera que la película haga homenaje a todo lo que la serie proponía: una hora de acción de comic, violencia blandita, armas que no mataban, explosiones, fuegos artificiales y tramas simples como el mecanismo de un sonajero. El equipo A (la serie) tuvo todos los elementos, a los que, añadidos la estética ochentera y, tras la pátina que aporta el tiempo, provoca, por lo menos en mi, sensaciones que tenía de chaval y escuchaba aquello de «En 1972, un comando compuesto por cuatro de los mejores hombres del ejército americano…»

La peli pone al día la historia. Ya no son veteranos de Vietnam. Estamos en Irak en la actualidad. Se cuenta la historia de cómo se conocieron, su primera misión y, tras un paréntesis de ocho años, la famosa misión que acabó siendo «… un delito que no habían cometido…«, la fuga de la prisión y su intento de limpiar su nombre para acabar, como terminaba la introducción, «sobreviven como soldados de fortuna. Si tiene un problema, y se los encuentra, quizás pueda contratarles«.

Y esto es, el argumento, en líneas generales. Y el argumento y el nombre y actitud de los protagonistas es lo único que se conserva de la serie original. Y como uno ya está un poquito escaldado de pasos de series a pantalla grande, no fue con ninguna expectativa. Porque donde las aventuras y desventuras de Hannibal, Fénix, Murdock (mi favorito) y M.A. eran entrañables y, si, porqué no reconocerlo, incluso ñoñas, en la película se convierten en un par de fantasmadas de las que hacen época. Y desde el principio. Sin tregua. Así que si vas convencido de que la serie podía tener una digna representación en la gran pantalla, los diez primeros minutos te sacan esa idea de la mente.

Para que andarnos con paños calientes. A mi me entretuvo y últimamente, bastante tengo con eso. Pero cuando meneas el culo en el asiento por tercera vez y la peli no ha acabado es que algo ocurre. Y vaya si que ocurre. Puede ser que los protagonistas no desprenden el carisma necesario para coger unos personajes tan míticos dentro del imaginario popular: Liam Neeson no expresa en ningún momento el cinísmo y chulería que George Peppard desprendía en el momento de encender el puro. Y desde luego, la exageración de cada uno de los papeles no ayuda. Hannibal está inmerso en su venganza personal, Fénix es un simple mujeriego con ínfulas de estratega, el giro a la no-violencia de M.A. no se lo cree ni el guionista y Murdock… bueno, vale, quizás por debilidad mía, pero Murdock sigue siendo el tarado brillante que permanece en mi recuerdo.

Y eso que Jessica Biel alegra la vista como teniente encargada de capturar a los fugitivos, pero no solo con eso se remonta la película. El argumento es un poco denso y poco claro en ocasiones. Traiciones, dobles traiciones para, al final, acabar como se empezó. Un rato en el cine. Pero olvidense de las pretensiones filosóficas o de la trascendencia. Cine palomitero, muy a mi pesar.

Pero bueno, la idea inicial del reparto cuando me enteré de que iban a hacer el remake me gustaba bastante más: Bruce Willis como Hannibal, George Clooney como Fénix, Ice Cube como M.A. y Woody Harrelson como Murdock. ¿Qué parece que estamos hablando de 3 Reyes? Pues si, para que engañarnos. Pero hubiese molado.

(Por cierto, buceando en la red, he encontrado una de las frases de Murdock que más gracia me hace y que paso a compartir:

That concludes your flight with Miracle Airlines, the only airline where Lady Luck is your co-pilot.

)



Ago
16.
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Categoría: ayuntamiento, spa

Back in black

Tenía claro que una de las cosas que necesitaba durante estos 10 días que he estado desenchufado del mundo era pasar frio. Vamos, dormir tapado con una manta. Y en mi ansia he agarrado un constipado de los de agarrate que vienen curvas.

Si a esta circunstancia -porculera ya de por si- le añadímos que, en previsión de un posible atascazo a la entrada de Madrid, tomé cafeína en diversas, variadas y abundantes maneras, y al final resultó que no tuve ningún problema a la hora de acceder a la capital… pues el resultado es que hoy estoy medio zombi. Estado que, conociendome, mutará a cadáver sobre el miercoles-jueves para acabar el viernes como una masa viscosa-gelatinosa con mi forma, pero no mi mente.

Por lo demás (no vayamos adelantando acontecimientos) bien. He descansado, he tenido fiesta, he leído bastante, he ido al cine y he pasado mi tiempo con gente que, por lo visto, valora mi presencia. Si amigos, como siempre que tengo algo de tiempo para mi, he tenido mi clásico bajoncete de dar vueltas a la vida y a mis cosas. En fin, no debería sorprenderme, pero es lo que hay.

Así que mañana, si no tengo problema con la falta de sueño que tengo ahora mismo (y ya digo que este problema, en lunes es mala cosa), continuamos.



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