Paradise City 0.3
WHERE THE GRASS IS GREEN AND THE GIRLS ARE PRETTY

Bueno, pues casi un mes después (entre pitos y flautas, y más de lo segundo que de lo primero) por fin he sacado un rato para comentar la semanita que me casqué en los Emiratos Árabes, principalmente en Dubai con una escapadita a Abu Dhabi.

Dubai Creek

Dubai Creek

Por donde empiezo, por donde empiezo… bueno, si hay un leiv motiv principal en este viaje es el calor. Pero no el concepto de calor que podemos sufrir por estas latitudes esporádicamente, no. Estoy hablando de un calor húmedo, de lavandería, que solo te hace sudar y únicamente te motivas para saltar de aire acondicionado en aire acondicionado. La demostración la tuvimos nada más salir del aeropuerto cuando llegamos a la una de la madrugada: para coger un taxi hay que salir de la terminal. 31 grados. Humedad. Los pantalones y la camisa se te pegan al cuerpo. Y eso que era de noche. Nuestros peores temores se confirmaron al día siguiente cuando salimos a la calle y nos dió el sol de pleno.

(salto para no copar la portada)


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Feet on the Beach

Lo avisé. Este mes de mayo iba a ser movidito. Liverpool hace dos semanas y mañana parto a donde cristo perdió la boina, no. A la vuelta. Donde me hablen y no entienda. Donde no haya cobertura de móvil. Donde seis horas de avión espero que sea distancia suficiente para no saber nada de nada, de nadie y rascarme las bolas a dos manos.

Donde la arena no sea de la playa, donde los edificios pelean con las nubes y donde los atardeceres pueden ser infinitos. Donde me pienso dejar gigas en fotografías, por cultura, por gente, por nuevos paisajes.

Porque quiero, porque me apetece darme un homenaje. Desde mi cacareadísimo (y nunca olvidado) viaje a Nueva York, (II, III) por circunstancias propias y ajenas no he podido repetir. (Un finde a matacaballo en Liverpool no cuenta, amos…) Viajar me parece una inversión. Soy de esos que dicen “como en casa en ningún sitio”. Pero porque intento salir, moverme y comparar lo que veo con lo que tengo. Vale que como turista tenga otra visión menos cercana de la realidad de esos países. Pero prefiero eso a quedarme inmovil en mi terruño.

Pues eso, que desconecto del todo durante una semana. Espero volver con las pilas cargadas, quemado por el sol y con alguna experiencia más. Dejo un post programado para el sábado. Sean felices y no me guarreen esto.


may
03.
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Categoría: spa

Pues como ya anuncié, he disfrutado de una escapadita a Merseyside, con base de operaciones en Liverpool, principalmente. y estas son las conclusiones que me he encontrado al volver y recapitular:

  • Liverpool es feo. Ciudad obrera e industrial. No tiene nada así como típico ni digno de ver. Pero han regenerado parte de los muelles y están levantado una especie de zona comercial que ha quedado moderna y limpia. Fea. Si. Pero por lo menos, nuevo.
  • Topicos: No llovió en todo el finde. Para que luego se diga del tiempo inglés.
  • Vamos a ser justos. Existen inglesas guapas. Lo que pasa es que son tan escasas, que prácticamente no existen. Y es bastante significativo que la conversación tipo entre los que viajamos allí fuese:

    “Una guapa!”

    “¿Donde?”

    “Allí, acercate, a ver si es nativa”

    (…)

    “No me jodas, pero si es española|holandesa|italiana”

  • El acento típico de la zona se denomina scouse (un plato típico de la zona que ha dado nombre a la región). Es bastante jodido de pillar al inicio. De hecho, el conductor del autobús del aeropuerto tuvo que repetirme tres veces el importe del viaje porque no le entendía nada. Pero el adorable “Daya nid soum jelp, lads?” del amabilísimo empleado de MerseyRail en Hamilton Square Station en Birkenhead casi me hizo llorar porque lo entendí a la primera…
  • La gente es simpatiquísima y muy muy amable. A pesar de que lo que hablan se perece al inglés que yo he estudiado y manejo como una naranja a una mandarina. E incluso se ríen cuando la cagas. Verbigracia, cuando pedí dos billetes a Liverpool Central ASÍ. El empleado, notando mi acento y mis problemas con las monedas, me corrigió, con una sonrisa, y me dijo que había que pedirlo de ESTA OTRA MANERA. Lo peor de todo, es que ya sabía cómo NO hay que pedir las cosas.
  • ¿He dicho que las inglesas son muy feas? Creo que si, pero insisto. Porque además, nos volvimos con la teoría de que las féminas se compran vestidos para bodas y ocasiones similares y, una vez pasado el evento, se los siguen poniendo para salir de fiesta un sábado cualquiera. Minifaldas, taconcitos, escotazos… Frío no hacía, vaya por delante. Pero el vientecito del norte, proveniente del mar de Irlanda, hacía que la sensación térmica bajase seis o siete grados. Con lo cual, además de poco agraciadas, vestidas llamativamente y enseñando cacho a pesar del desagradable viento pues era una cosa que daban ganas de arrancarse los ojos.
  • Igual es porque hemos coincidido con el bodorrio real, pero tienen muy presente el tema de las banderitas y todo eso. No llega al nivel de los Estados Unidos, pero supera, con mucho la media española. Bueno, por lo menos tienen sentimiento patriótico, las cosas como son.
  • Lo de conducir por la izquierda a mi ya me supera. Ellos saben y pueden. A mi, llegó un momento en el que si en el paso no había semáforo, miraba a AMBOS lados y me tiraba solo si no había ningún coche en ninguno de los sentidos. Qué manera de complicarlo todo.
  • El domingo nos dimos un paseíto hasta Anfield. Ya que nos hicieron una pirula de ordago con unas entradas (tranquilos que el dinero no cambió de manos en ningún momento) pues dimos una vueltita hasta Goodison Park, el estadio del otro equipo de la ciudad, el Everton. Me chocó que entre ambos estadios hubiese campo libre (un parque llamado Stanley Park, vamos) a menos de un kilometro en línea recta. En día de derby ese parque tiene que ser lo más parecido a un campo de batalla.
  • ¿He comentado que las inglesas son MUY feas?

Viajar

Este mes de mayo no voy a parar. En menos de tres horas salgo para Liverpool. Por conocer algo más de mundo. Por menear el esqueleto y desempolvar el pasaporte. Porque tengo algo de dinero y desde mi famoso viaje a NYC no he tenido ni la oportunidad ni las ganas (ni el dinero) de darme el caprichazo de conocer otras culturas, lenguas, ciudades y paisajes.

Liverpool este finde. A-TOMAR-POR-CULOSACO en tres semanas. Bodorrio por todo lo alto a finales de mes en Burgos. Vamos, que se me van a quitar las ganas y el mono de viajecitos una temporada bastante larga.

See ya on monday!


sep
02.
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Categoría: ayuntamiento, spa

En la Tasca

El Hombre se plantó en la puerta del establecimiento. Esencialmente no sería muy diferente a cualquier restaurante donde hubiese comido antes. Y el término restaurante para el Hombre abarca toda la escala económica de lugar donde te sirven comida a cambio de una mayor o menor cantidad de dinero: Un tenderete con cuatro lonas en el desierto, cierta cadena de comida rápida (y mala), puestos de perritos callejeros o el más fino -y caro- de todos los restaurantes de San Sebastian.

Mientras entraba, el Hombre observó las paredes del local. No era el sitio más sucio donde había estado. Recordar aquel local kebab regentado por emigrantes pakistaníes de primera generación donde se priorizaba la alimentación sobre la higiene siempre le provocaba un ligero malestar a la altura del diafragma. El que las mesas estuviesen brillantes (y pegajosas) de la grasa que rezumaba todo el recinto o que las cucarachas tuviesen prioridad en todos los cruces con el resto de seres vivos dejó una imagen imborrable en su memoria. Tanto, que de en ese momento en adelante, ese recuerdo marca el límite inferior en lo relativo a condiciones sanitarias en lugares donde alimentarse.

Pero hoy el Hombre ha tenido la suerte de entrar a un sitio donde, excepto las paredes marcadas por el humo del omnipresente y obligatorio purito matador que todos los parroquianos poseen, la higiene ocupa un lugar bastante alto en la lista de prioridades de los propietarios. Quizás sea la hora, pero más allá de las servilletas, palillos y colillas del tabaco que siembran el suelo (aumentando en densidad a medida que te acercas a la barra), el sitio parece razonablemente limpio.

El Hombre no desea dejarse la herencia en la comida. Hoy toca buscar el equilibrio entre los tres factores que busca cada vez que come fuera: Dinero, Calidad y Satisfacción. Y por eso se ha metido en el primer garito genérico que ofrece comida a un precio medianamente razonable. Porque una vez dentro, el Hombre observa la tabla de raciones y, desolado, comprueba que no hay menú del día. Tendrá que comer cazuelitas. Y no son precisamente baratas. Por el precio de una, puede comer un menú del día medianamente decente en cualquier otro sitio. Pero el Hombre es consecuente. Ha entrado a comer allí y no va a salir sin comer.

El Hombre se sienta en la barra y solicita al camarero, que parece que lleva allí desde antes de que se construyera el edificio, una mesa para comer y una cerveza. El señor, mientras sirve dos vinos, cuatro cañas (la del Hombre también) y un martini para el público de la barra, le indica con un gesto vago de la cabeza la zona del comedor. El Hombre, veterano en mil batallas y restaurantes, entiende la mueca como el indicador universal de que se siente en cualquier mesa y espere a ser atendido. No esperaba maitre, guía hasta la mesa, sumiller, camareros y visita del cocinero al acabar la consumición. El Hombre ha estado pocas veces en sitios con distinción, pero empieza a comprender que en los restaurantes caros no pagas la comida, sino las mil y una chuminadas que te cuelan como servicio a 50/60 euros el plato. Y entiende que son cosas que puedes permitirte muy de cuando en cuando para, o bien quedar con el ego satisfecho frente a personas del otro sexo al pagar semejante pastizal, o bien porque te apetece pegarte el capricho de tener a cinco personas pendientes de tus más mínimos deseos.

El Hombre se mueve de la barra a una mesa después de haber pegado un tiento al vaso de cerveza que ahora le acompaña en el trayecto. Elegir mesa también tiene su arte: Nunca demasiado cerca del baño (cuestión de olores), de la cocina (misma razón), de la barra (tráfico de personas que no van a comer) o de la puerta (misma razón). Mientras se sienta, repasa la lista de cazuelitas y decide. Mientras espera que le tomen nota, su mente vuelve a darle vueltas a los diferentes sitios donde ha comido bien o muy bien a un precio razonable. Elige aquel restaurante perdido en aquel pueblito dejado de la mano de Dios cuya carta no era gran cosa, pero la comida era excelente, el camarero muy atento (para un comedor de 10 mesas lleno a rebosar), la decoración muy elegante (pelín recargada, pero nada extremo) y la relación calidad/precio no estuvo para nada desequilibrada.

Entra en escena la camarera. Si el señor de la barra ya estaba allí antes de que levantasen el lugar, el local fue construido alrededor de la señora. El Hombre no puede dejar de preguntarse si tuvieron que apuntalar los cimientos del resto de edificios que conforman el barrio. El Hombre juraría que esta señora tiene su propio centro gravitatorio y, que si no puede ver los satélites, es porque se deben encontrar ocultos al otro lado del enorme corpachón que gasta la señora. El Hombre pide, y una vez la señora gira sobre sus talones, maniobra que, dicho sea de paso, ejecuta con la precisión y elegancia de una bailarina del Bolshoi, espera que no tarde mucho con su comanda.

(…)

El Hombre sale del restaurante. Ha pagado -BIEN pagado- la comida y sale con la sensación de haber comido platos caseros como cuando tiene la enorme suerte de comer en familia. Y es por eso que no le ha dolido ver la partitura y soltar, incluso, una propina. Y cada vez se convence más de que, para el simple acto de comer, la gente se complica mucho. Tanto los sibaritas cocineros como los clientes que creen que haber pagado 600 euros por una comida garantiza el haber comido satisfactoriamente. La culpa no es de los cocineros/restauradores, que son muy libres de poner el precio que les de la gana. La culpa es de la gente que va allí, se zampa cinco platos de menú degustación con raciones mínimas, y todavía tienen la valentía de aplaudir cuando el cocinero sale de su bruñida y plateada guarida para recibir el reconocimiento para su ego. El reconocimiento económico va despues. Y no es el cocinero quien te trae la factura.

El Hombre ha comido suficiente comida fuera de casa como para disfrutar de una comida casera en toda su extensión. Y saberlo. Los menús del día, los döner, perritos, hamburguesas, caterings, bocadillos, buffets libres, etc.. solo consiguen satisfacer la necesidad de alimentarse. Pero el Hombre ha decidido que, si además de cumplir con esa necesidad, se puede disfrutar (a) de buena cocina y (b) de buena compañía, el precio pasa a ser algo secundario. Y más, si se cumplen las dos condiciones antes mencionadas.



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