Siete de la tarde. He tenido un día medio tranquilo, pero el finde no ha terminado de ser todo lo relajante y descansado que pretendía que fuera y me encuentro bostezando mientras me dirijo a donde he aparcado el coche.
Una cabezada y cocinar un rato me relajaran. Tortilla de patata. Si. Definitivamente. Hace tiempo que no preparo una y, en las inmortales palabras del teniente Aldo “Apache” Raine, “La practica lleva al Carnegie Hall.” Mmmm… tengo huevos… no sé si quedan patat… eh, un momento. Mi coche no está. Uf. Uf. Uf. Espera, espera. Amos a ver, lo has dejado donde esta mañana y has vuelto de comer y lo has dejado en el mismo sitio. No, no te has equivocado. Bueno. La grúa. No queda otra opción.
Desando el camino hasta la parada de taxis para preguntar donde queda el deposito municipal de vehículos. Y en estas que una comercial del curro, en su coche, me reconoce y se para. Le cuento la jugada y me dice que me lleva. ¿A donde? Buena pregunta. Menos mal que los smartphones se inventaron para esto. Una consulta rápida a Google, dos clicks en la pantalla y tengo la ruta GPS hacia el depósito. Allá que vamos.
15 minutos después estoy delante de mi Clio gris. Con un papelito en el parabrisas. Me acerco al coche y lo retiro de un palmetazo. No quiero leerlo, todavía no. Me acerco a la garita de control y la cosa sale 120 lebros. Abono, cojo el coche y salgo del depósito. Me retiro a un lado y corro, bajo la lluvia a darle las gracias a la compi de trabajo que me ha acercado. Vuelvo al coche y, un poco más calmado, le doy una vuelta a lo que acabo de vivir.
Y de repente, la socorrida bombillita que se enciende en mi mente. Ay dios. ¿A que he pagado SOLO la grúa y todavía tengo pendiente la multa? Rebusco la cuartilla de la multa. Y efectivamente. Diafano. 200 lebros por aparcar sobre paso de peatones y línea amarilla. Un paso de peatones que lleva a un descampado y una linea amarilla que, en la zona no la respeta ni el señor que la pintó.
En ese momento se escucharon lenguas muertas en el interior del coche. El juramento que solté fue una combinación de arameo, sanscrito y algún idioma perdido de la zona del proto Amazonas brasileño, para que os hagáis una idea.
Total, con todos los papeles hoy me he plantado en la delegación de Tráfico de Alcobendas, donde un funcionario profesional y amable que deja en mal lugar a todos los estereotipos habidos y por haber del funcionariado español, me ha indicado que, de momento, no me preocupe porque no se ha emitido denuncia. Cuando llegue a mi poder, entonces es cuando tendré que decidir si pago o si planteo una alegación.
Asi que aquí ando. Algo más tranquilo. Pero acordándome de todas las madres de los policías municipales de Alcobendas. Que no tienen la culpa de nada, pero es que su prole son unos autenticos hijos de puta. Que si. Que mi coche estaba aparcado en un sitio prohibido, vale. Pero igual que yo, otros 20 y sin entrar al aparcamiento. No molestaba ni a la circulación ni al giro. Y el paso de peatones lleva a un jodido descampado de 500 metros, con la A-1 al final, así que ya me diréis vosotros a santo de qué viene la multa.
Bueno, no os esforcéis, ya os lo digo yo: RECAUDAR. HI-JOS DE PU-TA.