Paradise City 0.3
WHERE THE GRASS IS GREEN AND THE GIRLS ARE PRETTY

Arde Bilbao!!

Ayer me desperté y me acerqué al ordenador para ver si había acabado una descarga que había dejado durante la noche. Mientras desayunaba algo y veía el escalofriante accidente de Tomizawa en Moto2, veía que Twitter zumbaba más de lo habitual para una mañana de domingo y que los feeds no leídos de Reader aumentaban sin parar.

Si. Todo debido a que ese grupito de tarados que dicen representarnos a todos los vascos ha decidido hacer público que, de momento, dejan de hacer el gilipollas con explosivos, pistolas y demás herramientas del oficio. Que no se me entienda mal. Me alegro. Pero el mismo sentimiento de alegría lleva asociado un sentimiento de escepticísmo. Porque primero, que no sea un alto el fuego definitivo no es lo que la sociedad (vasca, española o mundial) quiere escuchar. Queremos que haya un adios a las armas, un desarme incondicional y la intención clara de que no vuelva a haber cadáveres de personas que piensan distinto.

Y segundo, estas cosas solo duran hasta que un gilipollas (muy tonto, muy hijo de puta o muy engañado), en nombre de la causa independentista de un pueblo que no se siente identificados con este grupo armado que nos ocupa, le da por reventar algo (muy grande y muy potente) en un sitio muy concurrido. Así ha sido las dos veces previas de las que tengo memoria. Y a pesar de toda la esperanza que, de repente, pongo en estas cosas cuando se dan, no puedo menos que pensar que, vistas las experiencias previas, dentro de un tiempo lamentaremos que se vuelva a las andadas.

En fin. Qué vergüenza ser la única región de Europa en la que todavía tenemos gente que opina que a tiros se resuelven los problemas. He dicho.

(Desactivo los comentarios. Este nunca ha sido un blog de política y mis opiniones son mías. Si alguien quiere discutir acerca de este tema, que me envíe un email. Solo quiero expresar lo que he sentido cuando he leído la noticia.)


Anathem

No voy a venir a descubrir a Neal Stephenson ahora. El que le ha leído, probablemente o bien le ame o no le entienda. Yo entro en la categoría de amor. Cuando ataqué el Criptonomicón, me encontré un universo rico, muy friki y totalmente absorbente. La mezcla de elementos de ficción con situaciones y personajes reales funcionaba muy bien, a pesar del atentado que se cometió con la traducción española del único volumen original a 3 libros. Stephenson repitió la fórmula en la precuela (secuela en su obra, hechos anteriores al Criptonomicon) de El Ciclo Bárroco, un mega tocho de 3 libracos en versión original y 8 volúmenes en la traducida donde los antepasados de los personajes del Criptonomicón, junto a otros varios personajes reales e históricos, abren los hilos argumentales que se cierran el el Criptonomicón y, ya de paso, se cuenta el paso de la alquimia a la ciencia racional, la convulsa historia de Europa en el siglo XVII y la creación de los mercados de valores, entre otras cosas.

Así que vamos a cometer una herejía: A mi entender, Stephenson es el Tolkien tecnológico. Es decir, en vez de moverse entre elfos, orcos y conflictos entre dioses, Stephenson maneja con maestría el entorno tecnológico, Internet, el código binario y los conflictos tecnológicos. No tanto en Criptonomicon y/o el Ciclo Bárroco (bastante menos freaks en lo referente a tecnología) sino en sus primeras obras como La Era del Diamante: Manual Ilustrado para Jovencitas o Snowcrash. Y nos ha regalado uno de los personajes literarios que con el paso del tiempo se convertirá en un icono cultural geek (si no lo es ya): Enoch Root. Un personaje enigmático del que no se puede decir demasiado para no reventar el secreto que esconde. Pero al que, en círculos muy internos de frikez extrema, hay quien lo compara con Gandalf.

El caso es que, despues de haberme tragado casi todo lo publicado por este hombre (aviso que hay que utilizar algún medio bastante alegal, por cierto) me enteré de que tenía nueva novela: Anatema. Y chico, pues me apetecía meterme con otro texto de este hombre. Mi querido y nunca suficientemente bien ponderado Viagraman me lo regaló por mi cumpleaños y, tras seis meses de lectura no demasiado intensiva, me lo acabé la semana pasada.

Olvidense de hechos hístoricos. Olvidense de personajes reales. Anatema crea un universo paralelo. Un mundo que es muy parecido a donde vivimos, pero con su propia historia. Stephenson construye una mitología, un sistema social y una religión desde cero. Y en el tochete que nos ocupa (por fin alguien ha entendido que merece la pena publicar el título en su integridad y dejarse de leches) todo tiene cabida: ingeniería, jardinería, kung-fu, viajes espaciales, matemáticas, filosofía, amor, extraterrestres, amenazas atómicas y un nuevo y extraño idioma. Términos tan extraños que aconsejan una segunda lectura, porque en ningún momento te avisan de que hay un glosario al final del libro y, aunque el contexto ayuda, muchas veces no sabes acerca de qué está hablando el narrador. Pero, resumiendolo a nivel muy básico, es un texto fiel al concepto de “viaje y aventuras”.

Fra Erasmas “Raz” es una especie que ve alterada su rutina monacal el día que se produce cierto hecho. Toda su comunidad lleva preparandose para dicho acontecimiento desde su fundación, pero a todos los miembros les sorprende el hecho de que les haya tocado a ellos. Siguiendo los planes preparados miles de años atrás, Erasmas se verá zarandeado de un lado a otro de su mundo y se planteará las preguntas existenciales que cualquiera se ha hecho alguna vez en su vida. Solo que las respuestas, en Arbe, -y más como Stephenson como autor- puede que no sean ni las clásicas ni las esperadas.

A ver, lo primero. Es un libro dificil de leer. Incluso para los defensores acérrimos del autor. Su inicio coge la acción “in medias res” y el primer tercio son disgresiones sobre el pasado del protagonista, explicaciones sobre la sociedad de Arbe y el porqué de la existencia de los “concentos” (monasterios). Es en el segundo tercio de lectura donde el viaje del protagonista empieza a tener sentido y es al final donde todo estalla, se desmaneja y, cuando piensas que no puede haber nada que salve la situación, el sentido común de Raz y sus compañeros, con cierta dosis de intriga y tensión, resuelven todo el problema. Pero ya digo que hay momentos para todo. Y Stephenson se recrea en discusiones físicas, tecnólogicas y metafísicas para que el lector entienda que si, estamos en otro universo y/o planeta, pero que cualquier ser vivo sintiente tiene las mismas dudas técnicas y filosóficas que quien tiene el libro en las manos.

Lo releeré a gusto. Pero dentro de un par de añitos.


En la Tasca

El Hombre se plantó en la puerta del establecimiento. Esencialmente no sería muy diferente a cualquier restaurante donde hubiese comido antes. Y el término restaurante para el Hombre abarca toda la escala económica de lugar donde te sirven comida a cambio de una mayor o menor cantidad de dinero: Un tenderete con cuatro lonas en el desierto, cierta cadena de comida rápida (y mala), puestos de perritos callejeros o el más fino -y caro- de todos los restaurantes de San Sebastian.

Mientras entraba, el Hombre observó las paredes del local. No era el sitio más sucio donde había estado. Recordar aquel local kebab regentado por emigrantes pakistaníes de primera generación donde se priorizaba la alimentación sobre la higiene siempre le provocaba un ligero malestar a la altura del diafragma. El que las mesas estuviesen brillantes (y pegajosas) de la grasa que rezumaba todo el recinto o que las cucarachas tuviesen prioridad en todos los cruces con el resto de seres vivos dejó una imagen imborrable en su memoria. Tanto, que de en ese momento en adelante, ese recuerdo marca el límite inferior en lo relativo a condiciones sanitarias en lugares donde alimentarse.

Pero hoy el Hombre ha tenido la suerte de entrar a un sitio donde, excepto las paredes marcadas por el humo del omnipresente y obligatorio purito matador que todos los parroquianos poseen, la higiene ocupa un lugar bastante alto en la lista de prioridades de los propietarios. Quizás sea la hora, pero más allá de las servilletas, palillos y colillas del tabaco que siembran el suelo (aumentando en densidad a medida que te acercas a la barra), el sitio parece razonablemente limpio.

El Hombre no desea dejarse la herencia en la comida. Hoy toca buscar el equilibrio entre los tres factores que busca cada vez que come fuera: Dinero, Calidad y Satisfacción. Y por eso se ha metido en el primer garito genérico que ofrece comida a un precio medianamente razonable. Porque una vez dentro, el Hombre observa la tabla de raciones y, desolado, comprueba que no hay menú del día. Tendrá que comer cazuelitas. Y no son precisamente baratas. Por el precio de una, puede comer un menú del día medianamente decente en cualquier otro sitio. Pero el Hombre es consecuente. Ha entrado a comer allí y no va a salir sin comer.

El Hombre se sienta en la barra y solicita al camarero, que parece que lleva allí desde antes de que se construyera el edificio, una mesa para comer y una cerveza. El señor, mientras sirve dos vinos, cuatro cañas (la del Hombre también) y un martini para el público de la barra, le indica con un gesto vago de la cabeza la zona del comedor. El Hombre, veterano en mil batallas y restaurantes, entiende la mueca como el indicador universal de que se siente en cualquier mesa y espere a ser atendido. No esperaba maitre, guía hasta la mesa, sumiller, camareros y visita del cocinero al acabar la consumición. El Hombre ha estado pocas veces en sitios con distinción, pero empieza a comprender que en los restaurantes caros no pagas la comida, sino las mil y una chuminadas que te cuelan como servicio a 50/60 euros el plato. Y entiende que son cosas que puedes permitirte muy de cuando en cuando para, o bien quedar con el ego satisfecho frente a personas del otro sexo al pagar semejante pastizal, o bien porque te apetece pegarte el capricho de tener a cinco personas pendientes de tus más mínimos deseos.

El Hombre se mueve de la barra a una mesa después de haber pegado un tiento al vaso de cerveza que ahora le acompaña en el trayecto. Elegir mesa también tiene su arte: Nunca demasiado cerca del baño (cuestión de olores), de la cocina (misma razón), de la barra (tráfico de personas que no van a comer) o de la puerta (misma razón). Mientras se sienta, repasa la lista de cazuelitas y decide. Mientras espera que le tomen nota, su mente vuelve a darle vueltas a los diferentes sitios donde ha comido bien o muy bien a un precio razonable. Elige aquel restaurante perdido en aquel pueblito dejado de la mano de Dios cuya carta no era gran cosa, pero la comida era excelente, el camarero muy atento (para un comedor de 10 mesas lleno a rebosar), la decoración muy elegante (pelín recargada, pero nada extremo) y la relación calidad/precio no estuvo para nada desequilibrada.

Entra en escena la camarera. Si el señor de la barra ya estaba allí antes de que levantasen el lugar, el local fue construido alrededor de la señora. El Hombre no puede dejar de preguntarse si tuvieron que apuntalar los cimientos del resto de edificios que conforman el barrio. El Hombre juraría que esta señora tiene su propio centro gravitatorio y, que si no puede ver los satélites, es porque se deben encontrar ocultos al otro lado del enorme corpachón que gasta la señora. El Hombre pide, y una vez la señora gira sobre sus talones, maniobra que, dicho sea de paso, ejecuta con la precisión y elegancia de una bailarina del Bolshoi, espera que no tarde mucho con su comanda.

(…)

El Hombre sale del restaurante. Ha pagado -BIEN pagado- la comida y sale con la sensación de haber comido platos caseros como cuando tiene la enorme suerte de comer en familia. Y es por eso que no le ha dolido ver la partitura y soltar, incluso, una propina. Y cada vez se convence más de que, para el simple acto de comer, la gente se complica mucho. Tanto los sibaritas cocineros como los clientes que creen que haber pagado 600 euros por una comida garantiza el haber comido satisfactoriamente. La culpa no es de los cocineros/restauradores, que son muy libres de poner el precio que les de la gana. La culpa es de la gente que va allí, se zampa cinco platos de menú degustación con raciones mínimas, y todavía tienen la valentía de aplaudir cuando el cocinero sale de su bruñida y plateada guarida para recibir el reconocimiento para su ego. El reconocimiento económico va despues. Y no es el cocinero quien te trae la factura.

El Hombre ha comido suficiente comida fuera de casa como para disfrutar de una comida casera en toda su extensión. Y saberlo. Los menús del día, los döner, perritos, hamburguesas, caterings, bocadillos, buffets libres, etc.. solo consiguen satisfacer la necesidad de alimentarse. Pero el Hombre ha decidido que, si además de cumplir con esa necesidad, se puede disfrutar (a) de buena cocina y (b) de buena compañía, el precio pasa a ser algo secundario. Y más, si se cumplen las dos condiciones antes mencionadas.


22 February 2010

Me ocurre cada tres-cuatro meses. Matemático. Incluso he detectado la frecuencia. Y ya me conozco los síntomas: Comienza con un malestar general. Más adelante, empiezo a ver las cosas desenfocadas. Debo bajar el brillo de cualquier pantalla de ordenador sobre la que esté trabajando. Y continúa a partir de ahí: Visión de túnel y dolor de cabeza ya a todo trapo.

Y me deja pidiendo algo de comer, el ibuprofeno con mayor componente activo que sea legal en este país y la cama para olvidarme de ordenadores y televisiones. Y hoy no estoy TAN mal. Por lo menos, para levantarme y venir a currar me ha dado. Espero que no evolucione.

P.D.: Si, meteré algo con más chicha para la próxima.


Marijaia

Estoy en Bilbao. Ahora mismo, la ciudad afronta su último día de fiestas despues de que hace ocho días se soltase el txupinazo y comenzara el desenfreno. Y es una costumbre mala que tengo: Intentar quedar con amigos a los que, de otra manera, sería bastante díficil ver, porque tengo a gente incluso en las islas Canarias.

Y no solo con los que hace mucho tiempo que no veo. Lo bueno que tiene la noche bilbaína de fiestas es que según deambuleas por la zona de fiesta (Casco, Arenal, Abando) te puedes encontrar te encuentras con más de un conocido perteneciente a otro grupo de amigos. Y no solo tú. Cualquiera de tus acompañantes también. Y lo que empieza siendo una noche de juerga simple, acaba siendo una celebración de la amistad con todos aquellos que te vas encontrando.

En la calle, en los bares, en los restaurantes, en los doner, en las txosnas… que si, que los vascos somos cerrados. Pero en plena Aste Nagusi bilbaína solo ves grupos de gente compartiendo horas de fiesta con sus conocidos e, incluso, desconocidos. Díria que es el poder del alcohol, pero no sería la manera políticamente correcta de vender la fiesta. Aquí nadie se aburre. Palabra. Si alguien tiene ocasión de pasarse por Bilbao en la semana grande, que lo haga y no saldrá decepcionado.



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